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Columnas Editorial

¿La protesta puede ser eternamente violenta? 

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Por Frida Gómez


Las cruces rosadas no dejan de erigirse en lotes baldíos del largo y ancho mexicano. Su valor simbólico pretende guardar en la memoria el sitio donde sus cuerpos son encontrados. Miles de cruces para miles de mujeres y otras tantas que se pierden en el silencio de la ausencia, en el olvido de los años, en la muerte de sus madres y en la categoría de la desaparición, pero el origen es el mismo: misoginia profunda, histórica, estructural. 

La violencia como narrativa de poder se ha negado históricamente a las mujeres y particularmente, a lo femenino. En el origen del desarrollo del Estado, el monopolio de la violencia le fue otorgado como una reserva exclusiva en virtud del contrato social, cuya mando sería históricamente masculino y su integración también. 

Desde los orígenes del patriarcado, a la mujer se le despojó de la legitimidad en el uso de la violencia, cuando en la Antigua Roma el pater-familias podía, por derecho casi divino, quitarle la vida a sus hijas, hijos o esposas bajo la justificación de la “patria potestas” (poder de los padres). 

La violencia en la insurrección feminista es doble. Es discursiva y es física. Discursiva porque el gran paso de la Cuarta Ola y del feminismo posterior a Kate Millet  verbaliza los abusos y deja en evidencia que las estructuras más íntimas de la sociedad (familia, pareja, matrimonio) son las que tienen el origen de la violencia masculina, y las que también logran perpetuarlo mediante distintas formas de dominación y manipulación, como la emocional, económica y hasta la biológica con el mito del “instinto maternal”. 

La violencia física de las protestas feministas es altisonante porque rompe la estereotipada carga de lo sumiso, bien portado, agradable y suave de lo femenino. Arranca la idea generalizada de que las mujeres tienen que ser discretas y finas en sus movimientos, recatadas, moderadas, no excedidas. Amenaza todos los criterios de validación masculina: la mujer que rompe vidrios no es sexy; la mujer que protesta desnuda no es prudente; la mujer que está enojada es una “delincuente” que debe estar encerrada; la mujer que es violenta no tiene lo necesario para ser considerada “buena mujer”. Por eso es tan necesaria la protesta violenta y a su vez, tan incomoda. 

Cuando Kate Millet hablaba de patriarcado como una institución política, como una red de estructuras sociales cuyo nexo común y articulador era el cariz político de las relaciones entre los sexos abrió la claridad para verbalizar que aquello contra lo que se lucha es contra el derecho de los hombres en general y los maridos en particular, derechos designados a estructurar las relaciones de poder y de dominio sobre las mujeres, con la finalidad de garantizar a los hombres su ejercicio de control sobre aquellas. 

Hablar de violencia de género es entender que en realidad, se habla de violencia machista, cuyo origen está en la masculinidad. El lugar más peligroso para una mujer es su hogar porque más de la mitad de las mujeres víctimas de homicidio fueron asesinadas por su pareja o parientes cercanos, haciendo de ese asesinato un feminicidio. 

Entonces. Si son los novios, maridos y machos los que siguen ejerciendo la vieja regla romana- patriarcal de asesinar  a las mujeres sobre las que creen tener un derecho ¿Por qué su violencia no es motivo de indignación y la violencia de las mujeres, sí? 

Sencillamente porque los hombres, al asesinar, están ejerciendo su facultad más esencial de ser hombres: la de la violencia. Las sociedades miran la violencia en los hombres como algo normal, inclusive hay cierta tolerancia a esa violencia. Por ejemplo, si un hombre se enoja y golpea paredes, no hay gran escándalo. Si un hombre se molesta con otro y desea llevarlo a los golpes, no hay escándalo. En su momento, ¡el “duelo” entre dos hombres por una mujer era hasta institucionalizado! Y se quedaba con la pretendida el que ganara en fuerza (no a quien ella decidiera).

¿Es necesaria la violencia feminista? Claramente sí. Discursiva y física. La trillada frase de “violencia no se combate con violencia” es hipócrita, porque deslegitima al oprimido para levantarse en contra de un opresor que justamente a través de la violencia lo ha mantenido oprimido.  

¿La protesta puede ser eternamente violenta ? 

No. Simple y sencillamente, no. La violencia, como herramienta, se agota en su uso. Como toda guerra, entre el diálogo, la negociación, la violencia y la resistencia es que se tiene que ganar territorio y avanzar. Las pequeñas conquistas valen más que las grandes revanchas y en esta lucha feminista no hay que perder de vista que buscamos justicia, no venganza. Nuestra lucha tiene que articularse en lo político con un proyecto alternativo feminista con el que diseñemos colectivamente una manera distinta de construir Estados y Gobiernos. Ninguna forma conocida reconoce ni respeta nuestros derechos porque no tiene incentivos a repensar en lo femenino ni en las condiciones mujeres. 

Para tirar un sistema, la historia ofrece dos vías: una VIOLENTA en la que el grupo oprimido se impone mediante la fuerza y así, implementa un nuevo sistema y una PACÍFICA, en la que el grupo oprimido transforma cuerpos legislativos para alcanzar las formas culturales y sociales. Hoy toca construir y usar su sistema para crear uno propio, aunque arda lo que deba arder.

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