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Columnas Editorial

El derecho de habitar

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Por Frida Gómez


Permanecer en el espacio compartido es un derecho. Se habita el espacio que es comprado, el espacio que es vendido, el espacio que es rentado y el espacio que es regalado. Se utiliza el espacio propio por el que fue pagado y también el espacio que nos es prestado para realizar labores. Además del espacio material, se habita el cuerpo y el espacio físico. La temporalidad y los sentimientos. Las soledades y los despechos. Habitamos la alegría propia o prestada, el coraje propio o contagiado. Habitamos el orgasmo que provocamos y nos dejamos habitar, también.

Nos dejamos habitar las horas y los programas de televisión. Las series y también, los libros. Nos dejamos habitar las pupilas de ilusión y los lagrimales de desiertos. Permitimos que nos habiten los sueños y las expectativas. Las ganas, mal ganadas y hasta las ganas provocadas por el ajeno, nos las dejamos habitar.

¿Bajo qué criterio decidimos permitir que nos habiten las tempestades y las primaveras? ¿Cómo es que decidimos que estamos listas para ser habitadas?

Y es que habitar es un derecho. Uno que no es inherente al que lo porta sino a quien lo otorga. No se habita con el otro sexo o con el mismo. Se habita y se cohabita con quien se guste habitar, siempre a sabiendas que aquel derecho, en cualquier momento se puede retirar.

Cohabitamos los domingos nostálgicos, los sábados depresivos, los viernes alocados, los jueves bohemios, los miércoles agotados, los martes ansiados, los lunes de invierno y también, los de verano.

Cohabitamos las ganas de llorar cada que fracasamos, las lecturas de alfombra cada que nos odiamos, los cafés amargos cada que nos ilustramos y por si fuera poco, nos cohabitamos las dudas cada que nos alejamos.

Nada parecería más raro que habitar la duda de la distancia pactada ni habitar la memoria del camafeo que juramos nunca abrir, porque huraño se conserva el deseo por esconderse de cualquier resquicio por resurgir.

Aún así, nos ganamos el derecho de habitar que perdimos por naturaleza, cuando el cielo nos había perdido ya. El derecho de habitar implica la negación a la irrelevancia. El reconocimiento de las pequeñas piedras que, insignificantes ante las montañas, caen al suelo abandonando la bolsa de ese viejo pantalón que hoy decidimos ponernos. El derecho de habitar no tiene estampa ni tiene dueño. Habitar implica expandirnos en el recuerdo.

El derecho de habitar lo tienen los que murieron y los que sobrevivieron. Los que se fueron y los que se quedaron. Los que volaron y los que olvidaron. Los que lamentan y también, los que siguen soñando.

Y entre tantas maneras de habitar, hay algunos que nunca podrían hacerlo. Los que odiaron y son odiados, no tienen derecho de habitar. Los que no son deseados y los que fueron rechazados, no tienen derecho de habitar. Los que nos enferman y los que nos mal desean, tampoco pueden habitar porque su tejido, gangrena.

Habitar implica expandir la propia vida en el espacio que se habita. Dejamos de habitar cuando olvidamos aquello que nos habita. Contrario a todos los derechos, el derecho de habitar se termina cuando el que lo otorga, sin más remedio que el del curso natural de la memoria, termina por olvidar a ese privilegiado titular que no siempre sabe lo que provoca.

Y cuando el derecho de habitar se acaba en la memoria, pasa  tan inherente y solemnemente como es que lo otorgamos. Entonces llega, elegante y silenciosamente, a vivir donde cohabita el olvido, ese oscuro cementerio vacío donde todas las almas que nos dejaron de habitar se juntan para morir empolvadas, dejando apenas uno que otro recuerdo por desear. Enterrado. Sin habitar. Volátil, olvidable. Con la menor irrelevancia que la propia que se sostiene, de vez en cuando, con el impulso de sus más asiduos fans.

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