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Columnas Editorial

La muerte del imperio. ¡Larga vida a la República!

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Por Agustín Villanueva Ochoa


 

Para conocer del pasado es recomendable consultar a quienes dejan memoria escrita. Sin embargo, entre tantos testigos, la misma historia puede contarse de distintas maneras; dependerá de nosotros elegir entre tantos contrastes.

No hay duda que Benito Juárez es uno de los líderes mexicanos más importantes de la historia, pues en nuestro país prácticamente toda la segunda mitad del siglo XIX estuvo marcada por su vida y obra. El punto cúspide de su gobierno sería la heroica defensa de Puebla contra el invasor francés en 1862, evento que conmemoramos cada 5 de mayo. Sin embargo, un año después del triunfo del General Ignacio Zaragoza, los franceses volvieron a atacar y en consecuencia el Gobierno de Juárez sufrió un éxodo, periodo que se conoce como “La República Errante”.

Al tener el control de la capital mexicana y de la mayor parte oriental del país, conservadores y franceses se dispusieron a reinstaurar el Imperio Mexicano. Consideraron que la mejor estrategia era ofrecer el trono a un príncipe europeo, para que de esta manera México se convirtiera en un vasallo directo del emperador francés Napoleón III, sobrino del legendario Napoleón Bonaparte.

El noble elegido para este puesto sería Maximiliano de Habsburgo, representante de una de las dinastías más importantes de Europa. Maximiliano, quien a sus 31 años ya había sido comandante de la Marina Austriaca y Virrey de Lombardía, era un apasionado del arte, la historia y la poesía. Una característica interesante es que desde sus primeros años de vida su educación fue orientada para ser gobernante y a pesar de que no estaba en sus planes el trono mexicano, aceptó la corona bajo la presión de su hermano, el Emperador de Austria; y de su suegro Leopoldo I, Rey de Bélgica.

El ungido llegó a México en mayo de 1864. Dicen que desde el primer momento quedó impresionado por los paisajes incontables desde Veracruz hasta el valle de la capital, tanto que decidió instalar su residencia oficial en el Castillo de Chapultepec para poder apreciar la vista de la ciudad todo el tiempo.

Decidido a ser parte de su nueva patria, Maximiliano se dispuso a aprender todo lo posible de las tradiciones y cultura mexicanas. En el ejercicio del gobierno sorprendió a los conservadores que lo habían llevado al trono, pues demostró tener un pensamiento liberal digno del propio Juárez. Impulsó la separación del Estado y la Iglesia, así como lo señalaban las Leyes de Reforma, limitó las horas de trabajo de los campesinos y prohibió el trabajo infantil. Mientras tanto, su esposa Carlota se dedicó a reunir fondos para la construcción de museos, hospitales y otras obras de caridad, además, en su honor se inició el proyecto del “Paseo de la Emperatriz”, hoy conocido como el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México.

Se llegó a divulgar un dato curioso que la tradición oral refiere, originado porque la pareja imperial no pudo tener hijos propios y, con el propósito de legitimar su posición como gobernantes de estirpe extranjera, adoptaron a descendencia del primer Emperador de México, Agustín de Iturbide.

El comienzo del fin del Segundo Imperio Mexicano ocurrió cuando Napoleón III decidió retirar a su ejército de vuelta a Europa, pues había amenazas de revueltas y, además, llegó a la conclusión que el Imperio no le estaba brindando los beneficios que esperaba en un inicio. Sin el respaldo de las armas francesas, el Emperador Maximiliano perdió rápidamente el apoyo de los conservadores mexicanos, momento oportuno para que el bando liberal encabezado por Benito Juárez recobrara el impulso para tomar el control del país.

Maximiliano tuvo la oportunidad de salir del país, pero prefirió quedarse para mantener lo poco que le quedaba, en cambio la emperatriz Carlota sí viajó a Europa para buscar ayuda entre las monarquías, objetivo que no consiguió. Poco a poco el Imperio fue acorralado en la ciudad de Querétaro, donde finalmente Maximiliano fue capturado y puesto a disposición de la corte militar.

Se dice que Juárez lamentó mucho tener que permitir la ejecución de Maximiliano, pues en el fondo lo respetaba. La muerte del Emperador significaba un mensaje claro para el mundo: cualquier extranjero que osara llegar a México con intenciones de usurpar el poder o violar las leyes, merecería la pena capital, sin importar si era rey o emperador; Maximiliano fue un mártir de ambas causas.

Muchos se han preguntado qué sería hoy de México si hubiera sido gobernado durante más tiempo por el Imperio, pues en este periodo fugaz únicamente fueron plasmados en papel los proyectos que Maximiliano pretendía para su nueva patria. ¿Acaso Maximiliano se ganaría el cariño y aceptación de los mexicanos?, ¿conseguiría la estabilidad nacional?, ¿México recibiría una nueva etapa de inmigración europea como pasó en otros países?, ¿hubiera existido el Porfiriato?, ¿cómo sería la relación con Estados Unidos?

Definitivamente hay mucho por aprender del efímero Segundo Imperio Mexicano, tanto de sus protagonistas como de los acontecimientos más relevantes. Una lección obligada que brinda la oportunidad de análisis y reflexión, tiene como cimientos las impactantes palabras pronunciadas por Maximiliano antes de ser fusilado en el Cerro de las Campanas: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y la libertad de México. Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria. ¡Viva México!”.

 

 

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